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viernes, 9 de diciembre de 2011

Elipsis psicológica

He elegido llamar elipsis psicológica a esta entrada del mismo modo que podría haberla llamado: "cómo aprovecharse de los conocimientos y experiencias previos del lector para ahorrarnos palabras innecesarias" o bien "cómo sacar jugo de las imágenes de película". 

¿Que a qué me refiero? Bueno, a ver si me sé explicar. Para intentar ilustrarlo, os contaré cómo me dio por pensar en esto.

El otro día, en Ana Karenina, leí un pasaje en el que se desarrollaba un baile de la alta sociedad. Todavía tengo la imagen perfectamente formada en mi mente: el inmenso salón de altísimas paredes con molduras de escayola doradas combinadas con color crema; las columnas de mármol que salpicaban la sala; las espectaculares lámparas de araña cuyos cristales brillaban con los colores del arcoiris; los músicos de la orquesta vestidos de esmoquin negro; la multitud bailando, tan elegante, riendo; el jolgorio, las risas, la diversión... Pero después de tener esta imagen perfectamente elaborada en mi mente, me percaté, no sé cómo, de que ninguno de esos elementos que yo imagino es mencionado por Tolstói en la descripción que hace del baile. Releí con interés la escena. Lo más parecido a una descripción del lugar es esto:

"Acababa de empezar el baile cuando Kitty y su madre aparecieron en la escalera iluminada, llena de flores y con una serie de criados con pelucas empolvadas y uniformes rojos. Desde las salas llegaba un murmullo acompasado, semejante al de una colmena, y mientras se arreglaban delante del espejo los peinados y los trajes se oyeron distintamente los suaves sones de los violines que daban comienzo al primer vals".

A partir de aquí, describe con profusión el atavío de Kitty y también el de algunos invitados, así como su forma de bailar, pero no menciona en ningún momento la apariencia del salón y, de hecho, tampoco indica en ningún momento que haya una multitud bailando (quitado del ruido de colmena que se oye desde fuera); menciona a algunas personas o grupitos aislados, y nada más.

¿De dónde sale, pues, lo que yo he imaginado y que soy incapaz de olvidar? Está claro que se trata de una imagen previa que tengo dentro de la mente, con toda probabilidad procedente de alguna película o, si no, de alguna vivencia.

De modo que he pensado llamarle a esto "elipsis psicológica" (con mayor o menor acierto por mi parte, esto ya no lo sé) porque podemos usarlo, precisamente, para evitar (elidir) una descripción pesada y aburrida de un lugar del que cualquiera tiene ya una imagen preconcebida, a no ser que queramos mostrar que precisamente nuestro escenario es distinto a ese preconcepto. La idea es usar sólo una serie de palabras clave, que sacarán a flote la imagen, y evitar el resto, esperando que la propia imaginación del lector o sus vivencias previas rellenen los huecos que nuestra descripción deje vacíos. 

Por ejemplo, en el caso que yo comentaba, bastan algunas palabras como: baile, luz, encajes, vals, peinado, vestido, violín; yo lo aderezaría, para reforzar la imagen sin describirla, con mucho diálogo de los asistentes.

¿Qué tal la idea? ¿Os parece aplicable? Yo le veo como principal limitación la edad de los lectores, puesto que si escribimos un texto infantil las vivencias del público al que va dirigido están más limitadas.

domingo, 10 de julio de 2011

Demonios literarios

Hoy, siguiendo un poco la estela de Ikima en el último post, y con la excusa de haber terminado recientemente Lunar Park, de Bret Easton Ellis, quiero hablaros de los demonios literarios. Y no me refiero a los demonios que aparecen en las obras literarias, sino a aquellos que atormentan a los escritores.

Hasta hace poco no tenía ninguna opinión fundada sobre Bret Easton Ellis. Le conocía básicamente por ser el autor de American Psycho, pero, si bien había visto la película, no había leído ninguna de sus novelas. También conocía su fama de enfant terrible de la literatura norteamericana, esa posición de autor que sólo puede ser adorado u odiado, como suele suceder con todos los artistas, digamos, extremos.

En un corto espacio de tiempo (pocos meses), he leído Menos que cero y Lunar Park, y creo que no podría haber escogido dos obras más contrastadas. Me hace gracia, después de haber leído varias reseñas de novelas suyas, que aún a día de hoy mucha gente siga considerando a Easton Ellis como el típico escritor cuya fama radica únicamente en la polémica y en tocar temas prohibidos, cuando, en mi opinión, su trayectoria y evolución como escritor no podrían resultar más ascendentes, además de impresionantes. Pero no me voy a embarcar en un discurso sobre la obra, en conjunto, de Easton Ellis. Tal vez más adelante, cuando haya leído más obras suyas.

Lunar Park, además de poseer un capítulo final que se ha convertido en uno lo de los textos más impresionantes, escalofriantes y bellos que he leído en mi vida, y además también de ser una novela que me mantuvo en tensión e incapaz de pensar en otra cosa desde la primera a la última página, trata un tema que creo que nos toca de lleno a todos los escritores: los personajes que se vuelven tan importantes que casi ganan autonomía propia, que nos obsesionan como si de personas reales se tratasen.

Y es que creo que, si tuviese que definirme como escritora con una palabra, creo que ésta sería obsesiva. Y sé que Ikima me entenderá a la perfección, porque a ella le sucede igual (tal y como ha comentado en varias ocasiones).

Cuando escribo, a veces me sumerjo de un modo tan absoluto en la historia, que casi pierdo de vista mi propia vida. No se trata sólo de pasar la mayor parte del día pensando en el argumento del relato / novela, devanándome los sesos sobre qué debe venir a continuación, o repasando mentalmente lo ya escrito, o recreando futuros diálogos. No es sólo eso. Es que, literalmente, casi dejo de ser yo. Empiezo a pensar como el / la protagonista de la obra, y lo observo todo desde sus ojos. Este proceso no suele pasar de inofensivo cuando se trata de un relato corto, o cuando el argumento de la obra no posee demasiada carga emocional. Pero si el relato es muy personal, o toca temas más complicados o incómodos para mí, todo esto puede llegar a ser realmente agotador.

Los demonios que atormentan al protagonista (es decir, el propio Bret Easton Ellis) en Lunar Park no se limitan a este fenómeno, ni son estrictamente literarios. De hecho, abarcan otros muchos campos y se manifiestan de modos verdaderamente terribles. Pero me he sentido identificada con buena parte de la novela, especialmente con cómo a veces nuestros personajes ya creados y, en teoría, finiquitados, se niegan a guardar silencio y continúan atormentándonos.

Es algo que he experimentado, aunque, por suerte, no con todos mis personajes. En ocasiones, y por muy agotador que haya sido el proceso de creación de la obra, todo se queda ahí: la termino y la obsesión desaparece, me libera. Así ocurrió en mi última novela terminada, que me agotó muchísimo emocionalmente, pero que una vez terminada me dejó tranquila y en paz. En otras ocasiones, en cambio, los personajes se niegan a irse a dormir y continúan ahí, observándome ceñudos como si no estuviesen de acuerdo con mis decisiones. Supongo que, tal vez, todo esto obedece a una premisa bastante simple: lo conforme o no que me haya quedado con el resultado final. Y por eso siempre suelen atormentarme los personajes de obras inconclusas, o de aquellas obras terminadas con las que no estoy del todo contenta, y que por ahora se encuentran en una especie de limbo, a la espera de que algún días las retome y decida qué demonios hacer con ellas.
Lo terrible de todo esto, según mi punto de vista, es que es imposible dejar de lado a esos personajes descontentos: no puedo excusarme en el hecho de que, a veces, vale más la pena descartar una idea y concentrarse en otra, en lugar de dar vueltas a lo mismo una y otra vez. No es posible, y lo sé porque lo he intentado. He intentado dejar de pensar en una obra que no me convence y concentrarme en otras. Y no funciona. Puedo trabajar en otras obras, terminarlas, concentrar mi esfuerzo en ellas, pero las antiguas, ya sean inconclusas o marginadas, permanecen ahí, observándome con una interrogación en la mirada. Tiene algo de terrorífico que siga atormentándome una obra cuya primera versión terminé en el año 2000, y cuya segunda (que creía definitiva) finiquité en el 2005. Ninguna de las versiones existentes me convence como para hacer nada con ellas, y sé que, más tarde o más temprano, tendré que volver a centrarme y ajustar cuentas con ellos.

Al margen de todo esto, sólo puedo recomendaros (por si todavía no ha quedado clara mi opinión al respecto) que leáis Lunar Park.

Y, ahora sí, os dejo ya.

¡Saludos!

miércoles, 6 de julio de 2011

Aterrada

Se habla con frecuencia en los foros de escritura del miedo al papel en blanco. Yo nunca lo he sentido porque normalmente me enfrento al papel en blanco cuando ya tengo una frase en la cabeza con la que emborronarlo. Sin embargo, sí que hay un miedo que me paraliza y que al fin he decidido enfrentar: la lectura de un primer borrador muy concreto.

En febrero de 2010 di por finalizada la obra que me ha llevado más tiempo y más esfuerzo, y también la que me ha tocado más profundamente. Se titula La gran obsesión de Eduard Codín, y en verdad que fue mi propia obsesión durante mucho tiempo. No podía dejar de pensar en la trama, en los giros, en los escenarios y, naturalmente, en los protagonistas. De vez en cuando aún pienso en los personajes, los siento como si existieran, como si vivieran en un mundo paralelo, y el argumento me atrapa por completo. Y ahora he decidido que, después de año y medio acumulando polvo, ya es momento de empezar a leer el primer borrador y de hacerle los primeros cambios. 

Estoy muerta de miedo, tal vez, precisamente, porque la historia me apasiona. ¿Y si no he sabido transmitir esta pasión en el escrito? ¿Y si la historia que está plasmada en mi cabeza no se plasma del mismo modo en el papel? ¿Y si el lector no comprende a Eduard, le juzga, le condena?

En fin... sólo de pensarlo me entra vértigo y un cosquilleo en la boca del estómago. Si la decepción resulta mayúscula tendré que plantearme muchas cosas.

martes, 26 de abril de 2011

De vuelta

¿Hola? Llevo tantísimo tiempo sin pasar por aquí que ya casi me da vergüeza asomar la cabecita :)

En fin, creo que hay tantas cosas de las que quiero hablar, que o escribiré un post de dos kilómetros o acabaré resumiendo tanto que no diré nada.

Bueno, como ya dije en varios comentarios por ahí abajo, he estado muy muy perdida debido a mis estudios. El año pasado decidí dar un enorme paso y ponerme de nuevo a estudiar, después de muchísimas dudas y muchísimo vértigo. Quería estudiar algo relacionado con el Diseño Gráfico, que me encanta, pero el caso es que, a nivel público, lo más parecido (si exceptuamos estudios abiertamente artísticos como Bellas Artes) es Diseño y Producción Editorial. Muchos de mis compañeros de clase se tiraron de los pelos en cuanto se dieron cuenta de que este ciclo se centra mucho más en la actividad editorial que en el diseño, pero en fin... Yo no me puedo quejar :)

Creo que lo más importante que me ha sucedido en los últimos meses, además de estar disfrutando con los estudios, es que he recuperado la motivación para volver a escribir. Y no es que ahora vea la quimera de publicar como algo más cercano o posible (más bien al contrario: conocer más de cerca el negocio editorial me está haciendo comprender hasta qué punto son importantes los beneficios y asegurarse de que una obra, ante todo, se venda bien, por lo que no es fácil apostar por proyectos arriesgados), sino porque estoy redescubriendo el encanto (que últimamente se me había hecho un poco difuso) de contar historias, sobretodo porque ahora no sólo me fijo en el contenido sino en el continente: cómo hacer que un libro no sólo sea bueno en lo que cuenta, sino que vaya acompañado de un formato, materiales, ilustraciones, maniobras de marketing que se adapten a sus características. Y es que todo forma parte de lo mismo: darle forma a las historias, hacerlas accesibles y atrayentes. No sé si alguna vez lograré publicar, pero de momento me encuentro con el proyecto de fin de curso entre manos: tengo que producir, de principio a fin, una obra literaria, y he optado por una de mis novelas infantiles. He tenido que realizar un estudio de la competencia, voy a tener que decidir materiales y formato, y estoy supervisando la creación, por parte de un artistazo en potencia muy cercano, de las ilustraciones. Y no, no es lo mismo que escribir, pero me parece otra faceta apasionante del proceso creativo.

También me gustaría hablar de cuánto estoy alucinando en los nuevos modos de contar historias, y es que últimamente la LIJ me está maravillando en ese sentido hasta el punto de hacerme sentir aún más criaja de lo que a veces soy :P. Cada vez son más las novelas interactivas que no sólo ofrecen una historia en formato libro, sino que complementan la misma a través de vídeos y pistas rastreables por la red, creando una confusa sensación de no saber dónde termina la realidad y comienza la ficción. Dentro de este estilo he terminado de leer recientemente Proyecto Amanda: Invisible, y no sólo he disfrutado con la historia, sino que estoy ahora disfrutando con todo lo que hay montado en la página web, pero no voy a extenderme con esto porque creo que podría escribir un post entero dedicado a ello.

Por lo demás, vuelvo a tener inspiración por primera vez en mucho tiempo. Dudo que pueda dedicarme mucho a escribir hasta que termine el curso, porque ahora me queda un mes y medio para terminar y voy a estar ocupadísima (bueno, como he estado desde octubre: en este ciclo no dan tregua), pero espero poder aprovechar en verano e ir dándole forma al nuevo proyecto. Tal vez me encuentro más animada porque hace tiempo que no me presento a ningún certamen y se ha ido diluyendo en el tiempo la sensación de desazón que supone no lograr nunca nada, pero, sea como sea, me alegro de volver a tener ganas de escribir.

Y por ahora poco más, que por mucho tiempo que llevase sin aparecer por aquí, no se trata ahora de hacerme cansina.

Hasta luego!

martes, 25 de enero de 2011

Dialogando

Creo que los diálogos no se me dan del todo mal. No sé por qué no los uso con mayor profusión y dejo que le coman un poco de terreno a la narración “pura y dura”. Cuando leo algo con bastante diálogo, si éste convence, noto dos efectos fundamentales:

1.- Los personajes se vuelven más tridimensionales (si es que esto es posible pues, en verdad, o lo son o no lo son), se hacen más reales o, al menos, más creíbles. Mediante los diálogos su carácter queda patente y se les pone en situaciones habituales, lo cual confiere veracidad y también ayuda a que, como lectora (o como ser humano, simplemente), conecte más con ellos. Hasta mis personajes me caen mejor cuando hablan, me los creo más, empiezo a entenderles.

2.- El texto resulta fluido y fácil de seguir, la carga textual se aligera. Esto, claro está, siempre y cuando no sea un diálogo megaculto requeteprofundo que habla sobre el origen de la humanidad y cosas por el estilo. Las páginas con diálogos bien trabajados, que se asemejen a las conversaciones reales, pasan volando.

Así pues, os propongo trabajarlo con el siguiente ejercicio que yo estoy llevando a cabo: coger un texto en forma narrativa en el que sucedan cosas entre varios personajes y convertirlo a “diálogo puro”, como si se tratase de una obra de teatro pensada para una representación.

Y hasta aquí el post de hoy.

Como veis, un poco corto, pero quiero intentar dar señales de vida con más frecuencia y por algún sitio hay que empezar a sangrar.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Tiempo y Acción (I)


Antes de que empecéis a leer quisiera advertir que este es el post más denso que he escrito hasta ahora en el blog. Para los lectores habituales a los que no os interesa escribir, no recomiendo su lectura. En realidad, no sé si se la recomiendo a alguien porque es fruto de una intensa paranoia, pero aquí está. ¿En qué otro sitio podría poner un post como éste si no es en un blog de literatura? Espero no herir demasiado vuestra sensibilidad… :P

Quería tratar aquí acerca de un aspecto teórico y concreto de la escritura, alejarme de divagaciones, y finalmente he decidido basarme en el tiempo y la acción narrativas. Aunque este tema da (y seguramente dará) para muchos posts, hoy me conformo con hacer una aproximación que posteriormente —y siempre en función de la inspiración— se irá profundizando. No me he basado en ningún manual de narratología, sólo son apreciaciones personales que, como tales, no estarán exentas de errores e inexactitudes.


miércoles, 26 de mayo de 2010

Post edición

Los dos últimos posts de Elsa Aguiar, editora de SM, versan sobre la publicación. El primero, “Publicar sin que te publiquen”, del 9 de mayo, sobre la autopublicación y otras maldades de la red. El segundo, “Prefiero que me publiquen”, de 16 de mayo, sobre la publicación más tradicional, es decir, con editor de por medio y en formato papel.

Y meditando sobre estos asuntos me he dado cuenta de que la publicación, aunque sea a través de una editorial, incluso a través de ganar un concurso prestigioso, no es suficiente. Hay una evaluación posterior al proceso de escribir la obra, de corregirla, de enviarla, de ser considerada por un jurado, de ser declarada ganadora o apta para su publicación. Ahí ya no está tan sólo nuestra obra en juego, sino nuestro nombre como escritores. Sé que puede sonar tópico todo esto, pero lo ilustraré con ejemplos. Recientemente he adquirido dos obras que han sido galardonadas con el Premio Barco de Vapor:
- “Sombra”, de Pilar Bordons, Premio Barco de Vapor 2004
- “El Secreto de If”, de Ana Alonso y Javier Pelegrín, Premio Barco de Vapor 2007

Ambas han ganado el mismo premio y además de forma reciente, con pocos años de diferencia entre ellas. Y, sin embargo, son muy distintas…

Mi impresión como lectora es que cuando se presentó “Sombra”, difícilmente se pudo haber presentado al concurso una obra mejor. No he leído ningún otro original de los participantes en esa convocatoria, pero desde luego lo tuvieron muy difícil. Ni que decir tiene que me ha encantado y que la creo, incluso sin la relatividad que me aportaría poder compararla con sus competidoras, absolutamente merecedora del premio.

En cuanto a “El Secreto de If”, la impresión que me queda es muy distinta… Sin ser una obra mala en absoluto, no acaba de tomar esa forma esférica que adopta en mi mente un libro que me engancha. Está bien, pero… Tiene un pero y no puedo determinar cuál con exactitud. Creo que le falta pasión. Te apetece seguir leyendo, saber lo que sucede, pero los personajes no acaban de enganchar. De modo que me pregunto, inevitablemente, si fue la mejor obra que se presentó en 2007. Si los jurados se ven obligados a elegir un año entre varias obras estupendas y, al siguiente, o al otro, entre otras obras que, simplemente, “están bien”.

En fin. Hay un proceso de post edición mucho más importante que la edición en sí. Cuando te enfrentas cara a cara al lector, todavía habrá un motivo que nos quitará el sueño más que ahora el hecho de publicar.

¡Qué vida más estresante esta de escritor!

lunes, 10 de mayo de 2010

Incertidumbre

Por aquí ando, después de tiempo en silencio :)

He titulado este post Incertidumbre, y es que ahora mismo no hay ninguna palabra que pueda resumir más mi situación. Me encuentro como en el aire en multitud de asuntos, y si bien ello guarda su pequeña porción de belleza, también guarda una gran porción de incomodidad.

Hacía tiempo que no sentía tantas dudas relativas a la literatura, y a mi futuro sobre ella. Supongo que mi cierta desilusión sobre ella es tan sólo el reflejo de cómo me siento en otros aspectos de mi vida (ya sabéis, los sentimientos de contagian de un área a otra).

Empezaré diciendo que, como muchísima gente ahora mismo, estoy sin empleo. Y eso me tiene desquiciada. Debería sentirme afortunada por disponer de más tiempo para escribir, pero mi inspiración ha decidido hacer eso tan propio de ella: desaparecer cuando más tiempo le puedo dedicar. Seguro que en un futuro, cuando ande ocupada y no tenga apenas tiempo para escribir, renacerá con toda su fuerza. Eso es así ;) El caso es que tras muchas vueltas y muchas dudas, he decidido ponerme a estudiar. No sé si alguna vez he mencionado que mi profesión no es que me apasione precisamente, y que llegué a ella y cursé esos estudios por azares del destino, y no por vocación. Me he torturado en infinitas ocasiones por no hacer algo más interesante con mi vida, pero solía consolarme diciéndome que, al fin y al cabo, mi gran sueño es ser escritora, y para lograr ese sueño ya estoy luchando. Y eso es verdad. Pero también es verdad que es duro trabajar en algo que te motiva poco o nada. Y es verdad, además, que siempre he sido un poco culo inquieto, y si bien me gusta escribir, también me gusta la fotografía, y el dibujo, y multitud de cosas más que no he tocado pero tocaría si pudiese tener siete vidas en vez de una. Total, que seguramente voy a comenzar un ciclo formativo de Diseño y Producción Editorial. Que, al fin y al cabo, tampoco se aleja tanto del mundo de la literatura.

Pero claro, me comen las dudas. Porque llevo siglos sin estudiar y me da cierto pánico dedicarme a eso y no a trabajar, o al menos no a tiempo completo. Pero bueno, supongo que si quiero dejar de sentirme estancada a nivel profesional, es lo mejor que puedo hacer. Y, además, el tema del empleo está tan mal, que o hago algo para ampliar mis posibilidades, o poca cosa veo en un futuro cercano.

Y siento soltaros este rollo que, en realidad, no tiene mucho que ver con la temática del blog. Pero ahora viene lo relativo a la literatura.

Mentiría si dijese que los libros de relatos de Calabazas en el trastero no han tenido parte de culpa, por decirlo de algún modo. Recibí todos los volúmenes publicados hasta la fecha, y varios relatos me han impresionado bastante. La mayor parte de los autores son noveles. Algunos son más o menos conocidos en la red, pero otros ni siquiera eso. Y eso, el encontrarme con relatos de gente totalmente desconocida que me han encantado, con relatos que además no están pulidos hasta la perfección, ha despertado mi consabido sentimiento de El arte, siempre, debería ser más visceral que formal. Y el resultado de todo ello ha sido cierta desilusión hacia el proceso que, nos guste o no, hay que seguir para ser un escritor consagrado. Porque sí, de acuerdo, he aprendido mucho desde que me tomo todo esto más en serio, desde que intento ser más correcta y escribir mejor. Pero no puedo evitar tener la sensación de que siempre hay algo que se queda por el camino. De que es muy difícil (que no imposible, pero muy difícil) mantener intacta el alma de lo que queremos transmitir, y al mismo tiempo ceñirnos a todas las reglas formales que convertirán nuestro trabajo en una buena obra a ojos de las editoriales. O, al menos, para mí es difícil.

Todo esto me lleva a la frase citada por Begoña en los comentarios del post anterior: El verdadero talento no necesita público. Entendiendo por ello que no se trata de que un artista trabaje sólo para sí mismo, sino que no porque una obra no sea conocida, es mala. Y me pregunto hasta qué punto hago bien (y ahora hablo sólo de mi caso particular) tratando de ajustar mis obras a los criterios de un público masivo. Porque tal vez no se trate de captar a un público muy extenso, sino de captar al público adecuado. Me doy cuenta de que, ahora mismo, me haría inmensamente feliz tener un relato publicado en Calabazas en el trastero (y que conste que no lo digo como algo quimérico: al fin y al cabo voy a participar en la próxima convocatoria, podría suceder!), y eso a pesar de ser una publicación pequeña y bastante difícil de encontrar. Pero, ¿por qué me haría feliz? Porque soy consciente de que tengo un montón de relatos escritos desde hace siglos que encajarían con lo que buscan, y, sobretodo, sé que su público valoraría mejor lo que es mi verdadero estilo, aquél con el que disfruto más a la hora de escribir. En otras palabras, he leído a ciertos autores en sus páginas que seguramente serían rechazados por una editorial enorme, y que tal vez jamás se conviertan en escritores importantísimos, pero que me han encantado porque escriben como y sobre lo que me gusta, y de los cuales compraría novelas enteras a ojos cerrados.

En conclusión, creo que echo un poco de menos la época en la que no me preocupaban las opiniones externas. Aquella época en la que escribía por el placer en sí de contar historias y plasmar sentimientos, y escribía lo que me daba la gana, sin pensar en el género o el público al que me dirigía. Cuando escribía para sacar algo que llevaba dentro, y punto. Me duele un poco darme cuenta de que, de todas mis obras, hay un par de las que estoy especialmente orgullosa y que son las que menos salida real tienen, porque no sabría a dónde enviarlas, y porque sé que si tratase de modificarlas para hacerlas aptas para el gran público, perderían todo lo que tienen de mí.

Como he mencionado en otras tantas ocasiones, y como ya sabéis, imagino que lo mejor es tratar de encontrar el equilibrio. Escribir algo que pueda llevarnos al éxito, pero disfrutando con ello. Porque, al fin y al cabo, debemos escribir para disfrutar, no podemos convertirlo en una tediosa rutina más.

Ahora estoy escribiendo una obra que espero poder presentar a varios concursos, y aunque se trata de una historia que hace unos años jamás hubiese escrito, estoy disfrutando con ella. Más de lo que esperaba en un principio. Pero sé que mi verdadero yo (el anárquico, el que no conoce de literatura correcta) me está llamando, reclamándome una atención que le tengo negada desde hace tiempo. Y me temo que, en cuanto acabe la obra actual, tendré que rendirme a él, aunque eso signifique pasar un tiempo (no sé cómo de largo) sin dar a luz ninguna obra presentable...

Disculpadme si os he aburrido :) Saludos!

sábado, 17 de abril de 2010

Longitudes

Últimamente leo bastantes libros de literatura infantil. Al fin y al cabo, a escribir se aprende leyendo. No pretendo buscar recetas ni seguir un guión. Eso sería replicar lo existente y, por tanto, poco interés podría tener para cualquier lector potencial.

Sin embargo, sí que he detectado algo común a la mayor parte de estos libros: capítulos cortos. Puesto que soy una persona un tanto caótica y desordenada nunca, hasta ahora, me había planteado la división por capítulos a priori. Yo escribía la totalidad del texto y después ponía divisiones artificiales.

Pero viendo esta característica común de los libros infantiles creo que, para el lector, tiene algunas ventajas: más facilidad para leer y bloques argumentales definidos. La construcción de la trama es paulatina, no se entremezcla y, por tanto, se hace más amena su lectura. Esto es algo de lo que mis textos carecen y, si la mayoría de obras infantiles publicadas son así, debe de ser por algo.

A mí me ha parecido que los capítulos cortos permiten una lectura más emocionante, con más sobresaltos, pues piden a gritos ser concluidos con una frase intrigante, que abra nuevas dudas y nuevos misterios de cara al próximo capítulo, y así sucesivamente. De hecho, creo que el nivel de tensión puede aumentar mucho si se trata cada capítulo como una especie de relato corto, que siempre suele dejar marcada huella en el lector.

¿Qué opináis vosotros? ¿Puede jugar la longitud de los capítulos un papel fundamental en la construcción de la trama del libro o, por el contrario, os parece indiferente?

lunes, 22 de marzo de 2010

Escritores disciplinados

En esto de la escritura, al principio yo era un poco ni-ni. Me explico. A nivel de textos, sólo quería dedicarme a escribir aquello que realmente me gustaba, sin asumir que por el hecho de querer escribir un libro completo también tenía que apechugar con algunas tareas arduas y hasta aburridas (creo que es lo que caracteriza a los miembros de este colectivo, prestar sólo atención a la satisfacción de placeres inmediatos, sin ningún tipo de aprecio por los logros con sudor y esfuerzo).

En mi caso, el resultado era un montón de fragmentos desmembrados, muy bonitos, sí, pero sin ton ni son, sin disciplina. Llevo varios años haciendo un esfuerzo descomunal por mejorar eso, y como resultado de este proceso de desni-nización estoy comenzando a asumir mis responsabilidades como aspirante a escritora con obra publicada. Porque, como apuntó Elsa Aguiar en su blog, "escribir bien y escribir una buena novela son cosas diferentes". De modo que para escribir una buena novela debemos asumir ciertas obligaciones. A mí se me ocurren varias que indico a continuación:

-Escribir lo que le conviene a la obra, y no lo que nos conviene a nosotros. Ésta es la más importante. La conveniencia y el deseo son cosas que con frecuencia no coinciden. A lo mejor a mí me apetece en ese momento extenderme en detalles y más detalles, hacer un ejercicio de demostración de mi estupenda retórica, y resulta que lo adecuado para la obra es un pasaje tenso, inquietante, de frases cortas y carentes de paja. Esto implica una renuncia o bien un aplazamiento. Debemos renunciar a escribir el texto descriptivo o escribirlo como desahogo y no incluirlo en el texto del libro. Más adelante, cuando nos cansemos de descripciones, podremos continuar tal y como la obra pide y no como nos pide nuestra sinrazón.

-Probar cientos de construcciones gramaticales, darle cientos de vueltas a las cosas, corregirlas mil veces y no ser permisivos. En todo caso, más exigentes de lo normal. Como ejemplo se me ocurre que cuando doy clases particulares a miembros de mi familia, aunque intente contenerme, soy más exigente que con los que no lo son. Es mejor ser exigentes con nuestra propia obra que dejar que luego venga otro y nos la suspenda con razón. Ya sabemos que se puede suspender habiendo estudiado, pero aprobar sin haber estudiado nada de nada es cosa de chuletas o de milagro.

-Escribir todos los días, aunque sean 15 o 20 minutos. No me refiero a escribir el texto en sí de la obra. Si no estamos inspirados, o las palabras hay que sacarlas con pinzas, está bien escribir en una hoja apreciaciones sobre el argumento. Cosas que pueden suceder, pequeños detalles que aporten algo... En mi caso escribo más palabras de supuestos y anotaciones que de libro. Esto no era así antes, claro. Escribir anotaciones es muy aburrido, estructurar una escena o un capítulo es un trabajo en apariencia poco artístico, casi de disección científica, que no suele ser demasiado satisfactorio. Este tiempo de escribir se puede sustituir por tiempo para pensar, siempre que utilicemos los mecanismos oportunos para no olvidar las ideas que vayan surgiendo. Es muy frustrante la sensación de "he tenido una idea que me encantaba, pero la he olvidado".

-Siguiendo en la línea del comentario anterior, es importante apuntar cualquier cosa, por pequeña que sea, pues puede ser el germen de una gran historia o bien de una gran escena dentro de nuestra historia ya iniciada. Para este menester es muy útil el bloc de notas del teléfono móvil o utilidades por el estilo, para usarlo en cualquier lugar: la cola del súper, el transporte público, el gimnasio o incluso en el lugar de trabajo. Bastan cinco o seis palabras, no quiero que despidan a nadie por mi culpa por uso indebido del teléfono móvil en horario laboral, que ya sabemos la palabra que nos viene a todos a la mente... La ventaja de esto es que después, al llegar a casa y pasar esas anotaciones a un cuaderno o al ordenador, generalmente surgen nuevas ideas y así vamos estirando del hilo.

-Volver sobre las mismas ideas. Nuestra mente no siempre está igual. Es posible que hoy tengamos una idea buena, pero que, si la rememoramos mañana, tengamos otra idea buena relacionada con la primera y así, ladrillito a ladrillito, vayamos construyendo un argumento sólido y convincente. Lo único que se me ocurre para esto es releer lo escrito con frecuencia, y también suele ser tedioso.

En fin, son sólo algunas ideas. Cada cual tiene su método de trabajo, de modo que no tiene por qué funcionar con todo el mundo. Lo que está claro es que, en cierto modo, siempre será necesario obligarnos para aprender. El método ni-ni ya sabemos que no funciona.

lunes, 15 de marzo de 2010

Amor a las palabras o a las historias?

Con este título no pretendo decir que ambas cosas estén reñidas, ni mucho menos. Supongo que todos los que escribimos compartimos, en cierta medida, el amor a las palabras, pero he querido formular la pregunta para distinguir entre lo que me parecen dos vertientes de la misma actividad. El comentario publicado por Eomoi en el post Derecho de admisión, en el que expresa sus dudas sobre si alguna vez ha escrito movida por el amor al acto de escribir en sí, o a las palabras, me ha hecho pensar sobre este asunto.

En mi caso, si tuviese que elegir una única opción, me decantaría por las historias. Creo que lo que más me gusta, más allá del acto de redactar en sí, es contar historias. El por qué de que las escriba en lugar de plasmarlas por otros medios creo que es puramente anecdótico: empecé a escribir de pequeña y desde entonces no he dejado de hacerlo. Pero también me gustan otros muchos modos de contar historias, aunque yo no los practique, como el cine, la música o la fotografía. La fotografía sí la toco, aunque de un modo mucho más superficial que la literatura.

Hasta no hace mucho tiempo, yo defendía a capa y espada la idea de que no existen personas que escriben bien y personas que escriben mal, sino diferentes modos de expresarse. Poco a poco he ido dándome cuenta de que esto no es del todo cierto, pues hay, objetivamente, obras mejores escritas que otras; gente que escribe más o menos bien, y gente que escribe de modo deplorable. Sin embargo, en lo que llevo de vida, y he leído mucho, creo que sólo me he encontrado con un par de obras que me hayan resultado tediosas de leer debido a su horrible redacción, por lo que en cierta manera sigo pensando que, salvo casos extremos, existen muy distintos modos de expresarse y de contar una historia, pero eso no significa que dichos modos no sean válidos.

No sé si puedo "echarle la culpa" a haber estudiado Formación Profesional y no Bachillerato, con lo que determinadas materias como Literatura las di muy por encima, pero no me avergüenzo de reconocer que no he leído a demasiados clásicos, y que el noventa por ciento de las obras que mantengo idolatradas no son precisamente obras maestras de la literatura. ¿Por qué las tengo idolatradas? Pues porque me engancharon con su historia, sus personajes o su modo de contar las cosas, aunque éste no fuese de lo más bello a nivel literario. Supongo que debido a ello, debido al tipo de obras que me han marcado, es por lo que terminé madurando mi punto de vista de que no existen escritores mejores o peores, sino simplemente diferentes estilos.

A día de hoy creo que he aprendido bastante, y sobretodo me he dado cuenta de que, al menos en España (me consta que en otros países el tema cambia bastante; sólo hay que ver la cantidad de obras que importamos de fuera y que tan sólo con echarles un vistazo nos damos cuenta de que jamás se hubiesen publicado si viniesen de un autor español) hay que cuidar mucho las formas. Y gracias a haberme dado cuenta de ello, he podido corregir diversos defectos que venía arrastrando en mi forma de escribir. Ha sido tan sólo de un tiempo a esta parte, cuando de verdad me he propuesto luchar para publicar, cuando he comenzado a prestar más atención a mi forma de escribir, y no sólo a la historia que quiero contar. También ha sido desde hace poco cuando (como comentaba en el post sobre Calabazas en el trastero) he empezado a divertirme escribiendo historias por encargo, a modo de ejercicio.

En definitiva, lo que quiero decir con este post es que nunca me he considerado una persona que escribe, principalmente, por amor al acto en sí de escribir. Por supuesto que disfruto escribiendo, y cada vez más. Pero siempre me ha movido más el interés por contar una historia, el transmitir un determinado sentimiento, que el acto en sí de tejer palabras. Y este modo de enfocar la actividad de escribir ha caracterizado, también, mi forma de valorar obras ajenas, donde siempre me acaba enganchando más el sentimiento o los personajes, que la calidad literaria (al menos esa calidad considerada como objetiva). Creo que son dos maneras de ver la literatura, y a mí al menos me parecen igual de válidas. Eso sí, por supuesto, no están reñidas: de hecho, cuanto más cerca se encuentren la una de la otra, más redonda será la obra resultante.

Sí, acepto el hecho de que mi visión un tanto "anárquica" de la literatura choca terriblemente con la capacidad de escribir lo que deslumbrará a un jurado de un concurso prestigioso, o con los criterios en teoría objetivos con los que se valoran las buenas o malas obras ;)

Saludos!

viernes, 12 de marzo de 2010

Sombra de pino

Había pensado, a modo de homenaje, escribir aquí el principio de La sombra del ciprés es alargada, novela que me impresionó vivamente por su maestría, y porque cuando Delibes ganó con ella el Premio Nadal de 1947 tenía la misma edad que tengo yo ahora, y eso me producía una admiración enorme y cierta envidia sana. No tengo la novela en casa, porque tanto me gustó que ando prestándola a todo el mundo para que disfrute como yo disfruté. Sólo transcribir la cita con la que empieza el libro que, si no recuerdo mal, se trata de un proverbio árabe: "Un amigo hace sufrir tanto como un enemigo". Que su sombra permanezca sobre nosotros, cobijándonos, por mucho tiempo. La suya será una sombra de pino muy redonda.

martes, 2 de marzo de 2010

Autocrítica

Una de las características más destacables de un autor novel es la benevolencia con que lee y juzga su propia obra.

Creo que no es más que la inexperiencia, que la falta de hechos con los que compararse de forma objetiva, como el niño que ve por primera vez una marioneta haciéndole carantoñas en manos de un inexperto, y queda embelesado, creyendo que es lo más bonito que ha visto jamás. El autor novel mira su obra con los ojos de ese niño: «¿No es maravilloso que yo haya sido capaz de escribir esto? Un texto bello, con sus metáforas tan bien puestecitas, con una corrección escrupulosa… ¿No será acaso cualquier editor capaz de apreciarlo, de aplaudir mi gran hazaña de haber sido capaz de algo así?». Como si el editor fuese el profesor que siempre ha ensalzado nuestra capacidad a lo largo de los años escolares. Como si una editorial fuese un colegio en el que destacamos a nivel de expresión escrita sobre los demás compañeros. Nuestro orgullo nos exige una palmadita en la espalda. Y resulta que la editorial tiene la desfachatez de no dirigirnos siquiera la palabra, de no responder a nuestros escritos ni con un “lo sentimos, su obra no está dentro de nuestra línea editorial”. ¿De verdad no se ha dado cuenta de lo maravilloso que es nuestro texto?

Claro que habrá joyas de la literatura que los editores han pasado por alto (me viene a la mente Cien Años de Soledad y Seix Barral). No es algo inhabitual. Pero, en general, seguramente el fallo es nuestro. La condescendencia para con nosotros mismos es una suerte de adolescencia artística. Inmadurez por los cuatro costados y pataleta/llanto/rabieta posterior al fracaso, según sea nuestro talante habitual (yo me decanto por el lagrimeo con consuelo familiar incluido).

Pero si dejamos de mirar a nuestro alrededor con los ojos de ese niño o de ese eterno adolescente, seguramente nos daremos cuenta de que el mundo es amplio y diverso. En el mundo hay muchos niños a los que un profesor alentó alguna vez. Y muchos de ellos han seguido luchando, han dejado atrás la eterna adolescencia mental, ejercen la autocrítica con maestría y perfeccionan su obra sin darle ni un segundo de tregua. No permiten que su texto les deslumbre. Esas personas están compitiendo codo con codo con nosotros (jamás en mi vida había visto cinco palabras que empiezan con “co” seguidas en una misma frase XD), enviando su texto a los mismos concursos. Y merecen ganarlos. A mí sólo se me ocurre una forma de alcanzarles, y es bastante cruel: sed despiadados con vuestras palabras, para que ellas no lo sean con vosotros.

Yo, de un tiempo a esta parte, escribo (y leo) cada día más y cada vez más. Y cuanto más lo hago, menos satisfecha estoy con lo que escribo. Más lo critico, más lo tacho, más lo condeno al olvido absoluto y, lo que es mejor, cada vez con menos remordimientos, o directamente sin ellos. ¿Significa que me he vuelto exigente a secas? Creo que la exigencia está aparejada con una mejora en la calidad literaria. En muchos casos, los autores con experiencia escriben mejor que cuando empezaron y, sin embargo, se sienten menos satisfechos con su obra.

Personalmente, he notado la evolución. Cuando ahora leo aquellos textos primeros, de metáforas bien puestecitas, me entran sudores. Y sólo puedo decirme una cosa a mí misma: «Ingenua». Si a mí, que por mucho que lea mi obra con distancia siempre será parte de mí —aunque intente renegar de ella— y siempre me tocará de cerca, me entran sudores… Un editor directamente debía de partirse de la risa. Sustituid mi «ingenua» por cualquier palabra que se os venga a la mente pero más mordiente, más ácida, y seguramente estaremos muy cerca del vocablo correcto.

En conclusión, ejerced la autocrítica y no seáis condescendientes con vosotros mismos. Al “alumno aventajado”, bajarle el nivel de exigencia siempre ha logrado únicamente lo siguiente: perjudicarle, estancarle y, sobre todo, negarle metas más altas.

viernes, 12 de febrero de 2010

Supervivencia

Los animales se aferran a la vida con uñas y dientes por puro instinto: hay que sacar adelante la especie. En la naturaleza no priman los individuos, sino la colectividad. Perpetuarse, seguir, siempre adelante, siempre avanzando. Cuando un animal muere pero deja descendencia, es una forma, en parte, de continuar vivo, porque su huella genética sigue en el mundo. Pensadlo un instante: ¿Cuántas personas han contribuido a lo largo de la historia a dejar impresa en vosotros su herencia? Generación tras generación, todos se van perpetuando en nosotros, y nosotros nos perpetuaremos en los siguientes.

Pero el ser humano -dicen- ha perdido el instinto animal. ¿Seguro? ¿No será la escritura una clase de instinto evolucionado que responde al mandato natural de perpetuarse? Reflexiono sobre ello a raíz de las palabras de Borges que añadí, concretamente de esta frase: "Ha creado el libro, que es una extensión de su imaginación y de su memoria." (Y también, y sobre todo, a raíz de un suceso trágico que ha ocurrido en mi entorno esta semana, aunque no venga al caso). ¿No perdura Borges, acaso?

Hasta donde yo sé, los genes no pueden retener la memoria de su portador y, por tanto y lamentablemente, no podemos transmitir a nuestros hijos ni nuestras vivencias ni nuestros conocimientos -tal vez no sería soportable, lo admito, llevar a cuestas el bagaje de todas las generaciones anteriores- de modo que de alguna forma hemos de lograr que eso no se pierda para no morir del todo a nivel mental o emocional. Es cierto que perduraremos en el amor y el recuerdo de quien nos quiere, las fotografías, los objetos personales, pero... ¿cuánto dura eso? ¿Dos generaciones? ¿Tres?

Entendedme, no es soberbia. No hablo de obras maestras, ni de convertirse en Borges, por supuesto, sino de algo mucho más íntimo. Por ejemplo, un diario personal. ¿Imagináis la sensación que tendrían al leerlo vuestros nietos, bisnietos, tataranietos, una vez que ya no estéis? Yo siempre suelo echar la vista atrás. Me pregunto de quién provengo, qué sentían, qué pensaban... ¡Sería tan bonito disponer de sus impresiones! ¡Descubrir que me parezco a alguno de ellos! ¿Qué opináis sobre dejar un legado de palabras? ¿Creéis que esa fue en parte la motivación de algunos escritores, o que escribir responde únicamente a la satisfacción de un deseo momentáneo?

jueves, 11 de febrero de 2010

Gradientes

Los escritores somos vanidosos.

Sólo quien tenga múltiples personalidades, y una de ellas adopte la actitud de lector que admira y otra la de autor admirado, podrá sentirse satisfecho con una escritura absolutamente solitaria, acotada a la autocontemplación. Pero eso, al fin y al cabo, también es vanidad.

Un autor escribe para ser leído, para un lector futuro e hipotético, cuyo mundo, cuyas circunstancias, pueden ser radicalmente distintas y hasta contrarias del mundo presente del escritor. Y sin embargo se encuentran, se interconectan, se solapan. Tal vez, como la materia y la antimateria, al chocar se aniquilen el uno al otro. Pero eso son cosas del futuro. En el presente de la obra, mientras la escribe, el escritor visualiza, o simplemente presiente, a otro lector. Éste es como una especie de bruma, una nube borrosa, nada que ver con el real, de carne y hueso, que en un futuro acabe pululando por nuestra obra. Cuando alguien toma un libro para su lectura, tiene ciertas expectativas, y el autor puede defraudarlas. Desde el lado contrario, el escritor también tiene ciertas "expectativas de lector" (su bruma, su hipótesis, no más que un cúmulo de números y de conjeturas)que puede cumplirse o ser decepcionada.

Porque la lectura y la escritura son dos actividades solitarias sólo si nos movemos contando con la dimensión temporal. Si la anulamos, esos dos hechos se superponen el uno al otro y se convierten en el enigma de la gallina y el huevo, ¿quién fue primero?

El lector es algo más que aquel que toma un libro para leer sus palabras. Es un concepto. La fuerza impulsora de toda literatura, el gradiente, y por tanto una figura presente en la génesis de toda obra. La Creación empieza cuando al escritor se le nubla la vista y divisa una bruma blanquinosa en el horizonte. "Ahí viene mi lector", y empieza su andadura.

Creo que la experiencia que vayamos adquiriendo con los años dará forma a nuestro lector impulsor, dejará de ser etéreo para ser corpóreo, casi tangible, de modo que cuando nuestro mundo presente y su mundo futuro se unan en un mismo plano no se aniquilen, sino que se alimenten, crezcan, y ocurra el fenómeno que nuestra vanidad y su curiosidad esperan: el placer de la lectura.

lunes, 8 de febrero de 2010

Realidad y ficción

Sostiene Aristóteles que la base de la Poesía (aproximadamente sinónimo de lo que hoy entendemos por Literatura) es la imitación. El poeta imita la vida, las cosas, el mundo, y lo convierte en una obra de arte. El escritor debe posar sus ojos en la realidad, y construir una imitación lo más bella posible, siendo preferible, según el pensador, que imite lo verosímil imposible a lo posible inverosímil. Es decir, no importa que contemos algo que ha ocurrido en realidad si en el papel da la impresión de ser una farsa. Tampoco importa que contemos algo que no es más que una invención si el lector se deja embaucar, llevar a ese mundo imaginario, incluirse en él.


¿Acaso cuando presenciamos la actuación de un mago dejamos de sorprendernos sólo porque hay truco? No nos importa que lo haya, prácticamente lo obviamos. Lo que nos importa es que hemos presenciado algo sorprendente, increíble -aunque nos lo hemos creído, ¡lo hemos visto con nuestros propios ojos!-, y eso nos satisface... al menos si el mago es bueno, y no se le escapa la paloma antes de tiempo, o vemos cómo esconde los pañuelos burdamente en una funda con forma de dedo pulgar. Por tanto, para crear una buena ficción, embaucadora y creíble, el escritor debe ser un buen prestidigitador. Hacer juegos de manos, palabras aquí y palabras allá hasta que... ¡Oh! ¡Una paloma!


Pero... ¿Cómo podemos hacer de nuestra obra un buen truco? ¿Cómo podemos hacer de un buen truco un truco extraordinario? Tal vez esto suene un poco a libro de autoayuda, pero es así: nos lo tenemos que creer nosotros mismos. Si nosotros no estamos convencidos de lo que contamos, será como si cogemos una patata, le pintamos ojos y boca y decimos que es un ser humano. No sólo no nos creerán, sino que pensarán: "¿Me ha tomado por tonto? ¡Si es una patata!". Uno de los peores errores en que puede incurrir un escritor -y lo digo como lectora- es hacer sentir tonto a su público.


En mi caso, antes de empezar a escribir una escena, hago un planteamiento exhaustivo de la misma, especialmente si a mí misma aún no acaba de convencerme. Me meto en la mente de todos los personajes que van a intervenir, me pongo en su piel, escribo lo que sentiría yo en su situación o pienso cómo reaccionaría alguien con el carácter que les he asignado en unas circunstancias semejantes. Después pienso cada detalle físico: olores, sabores, luz, ambiente... Por último intento ponerme a mí misma en antecedentes: ¿Qué sabe cada personaje de la trama? ¿Qué ha ocurrido en capítulos o escenas anteriores que condicione esta nueva escena? ¿Tiene sentido en el argumento o es prescindible? Llegado este punto suelo visualizarla con tal detalle que es imposible no creérselo: ¿cómo no voy a creérmela si la he visto con mis propios ojos? Y las palomas vuelan, los pañuelos aparecen y desaparecen, y el seis de corazones está dentro de una naranja.


Si queréis escribir, engañaos, contaos historias, convertíos en lectores de vosotros mismos y convivid con vuestros personajes codo con codo antes de empezar. Cuando como lectores un escritor os embauque, no os sintáis mal. Primero ha tenido que embaucarse a sí mismo. Forma parte del juego.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El destierro de los poetas

Según advertía Platón en La República, los poetas son elementos subversivos que dañan la estabilidad política de la sociedad. Su postura se resume en dos grandes tópicos. Por una parte, la falsedad de la imitación poética, por lo que la literatura no puede enseñar la verdad. Por otra, el poder subversivo de la misma, debido a la influencia que tiene sobre las almas.

“Y en cuanto a las pasiones sexuales y a la cólera y a cuantos apetitos hay en el alma, dolorosos o agradables, de los cuales podemos decir que acompañan a todas nuestras acciones, ¿no produce la imitación artística los mismos efectos? Pues alimenta y riega estas cosas, cuando deberían secarse, y las instituye en gobernantes de nosotros, cuando deberían obedecer para que nos volvamos mejores y más dichosos en lugar de peores y más desdichados”.

Según esto, aquellos que gustamos del arte de la palabra somos algo así como seres perversos que sólo hacemos daño a nuestro alrededor. Y a veces, en efecto, nosotros mismos así lo creemos. Por ello, Platón propone la censura y la expulsión de los poetas de la ciudad, porque las palabras siempre han sido más perseguidas que las armas. Sin embargo, no es necesario tal destierro. Los poetas ya se encargan de desterrarse a sí mismos, porque esa es su naturaleza. Parias sin patria, con el corazón en todas partes y en ninguna.

En demasiadas ocasiones son sus propias palabras las que dañan al poeta, se daña a sí mismo. Eso también forma parte de su identidad: sus ideas locas, su verlo todo desde el otro lado. El poeta siempre será un ser frágil, dispuesto a hacerse añicos al menor soplo de aire.

No es necesario el destierro. Ya se encarga siempre el poeta de ponerse un caparazón, algo que lo aísle y lo separe del mundo, y de trepar la vida en solitario. Pero treparla, al fin y al cabo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Inspiración en la vida cotidiana

Siempre me ha gustado la frase, un poco manoseada quizá, de “si la montaña no va a Mahoma…”, no por las palabras que la componen o por su musicalidad, sino por su significado. Seguramente ya os habréis dado cuenta en todo este tiempo de que casi me obsesiona la relación entre lucha y logro, entre esfuerzo y meta, entre sudor y Literatura.

Lucha, esfuerzo, sudor.

Logro, meta, Literatura.

Me da fuerzas. Y la cita de Mahoma lo expresa bastante bien. Si algo no viene a ti, ve hacia ello. Si no logras algo, camina para conseguirlo… En fin, ya sabéis, en esa línea tan vitalista que marca mis palabras los días soleados. Vitalista, cursi y cargada de alegorías (esto último es culpa de cierta vocación didáctica).

El caso es que esa idea de “si algo no viene se debe ir hacia ello”, también se puede orientar en otro sentido bastante más importante para la vida de un aspirante a escritor. En nuestro caso, lo que esperamos que venga en primer término es la inspiración. Sin ese ente extraño, amado y temible, estamos perdidos, y la posibilidad de crear una obra se reduce a cero. Pero… ¿a qué esperamos? En nuestro entorno, nuestras propias vidas en toda su cotidianeidad inmensa, pueden ser el centro de un relato magistral. Seguro que encontramos buenas obras que se han centrado en cosas simples, como una silla, un cuadro o una pared, sólo por mostrar que lo que parece sencillo quizá no lo es tanto. Que lo cotidiano y habitual puede encerrar secretos oscuros y tensos, como el alma de ese hombre en apariencia normal que pasea cada día por nuestra calle.

Absolutamente todo lo que nos rodea encierra un algo más, y sobretodo encierra palabras. Un lenguaje silencioso que está ahí, esperando que alguien lo revele. Sólo hay que ir en su busca.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Personajeando

Ya lo hemos comentado en varias ocasiones: uno de los pilares fundamentales de una buena obra es un buen personaje. Os remito al post del miércoles 12 de agosto, “Personas, personajes y personajillos”, así como al libro “La construcción del personaje literario”, de Isabel Cañelles. Crear un personaje con volumen, sin planicies y lagunas en su comportamiento o en su personalidad, puede ser algo sumamente difícil, pero también puede aportar el carisma necesario para que nuestra obra diga mucho sin decir nada, sólo porque el protagonista nos resulta más de carne y hueso que de tinta y papel.

Así, os propongo que creemos un personaje entre todos, lo cual es un ejercicio que consume mucho menos tiempo que escribir propuestas, dado que todos vamos mal de tiempo. La idea sería que cada uno de nosotros dé las características que nos apetezcan, e intentemos tener un personaje veraz uniendo todas ellas. Pueden ser características físicas o de personalidad, costumbres, forma de vestir, deseos, historia personal… lo que queráis, y con la extensión que queráis. Simples adjetivos o párrafos inmensos. Cada cual que obre con total libertad.

viernes, 13 de noviembre de 2009

La libertad como sentimiento literario

Más que una situación en sí misma, la libertad es un auténtico sentimiento. Como bien diría Eduard Codín, uno puede sentirse libre estando entre rejas y enjaulado a campo abierto. Lo que verdaderamente es libre o esclavo es, siempre, el corazón, y hay cosas que oprimen mucho más que cualquier elemento físico. Sentirse libre por dentro es, seguramente, lo más parecido a la felicidad que pueda experimentar un ser humano a lo largo de su vida. Y yo, hoy, es así como me siento. Profundamente libre, aunque, como decía un poema, no me pondré al filo de ningún precipicio gritando libertad ante la nada.

Por eso, porque es un sentimiento, probablemente la libertad ha sido, junto con el amor, uno de los temas más manidos y obsesivos de todos los autores a través de los tiempos. Recuerdo la libertad pura y adimensional que me transmitió el pequeño libro de Juan Salvador Gaviota, o la profunda y dolorosa (que también la hay) de El Quijote.

Como la conquista de tierras o de pueblos, alcanzarla requiere luchas encarnizadas, injustas casi siempre, pero que nada son en comparación con lo que se logra.

Así pues, este es mi sentimiento de hoy, el más grande e inmenso de todos los sentimientos, el más cercano a la felicidad, y por eso os lo quiero transmitir. Que nunca falte la libertad en vuestros escritos, porque pocas cosas pueden erizar la piel y hacer saltar las lágrimas como el sentirse verdaderamente libre. Libre de alma y sin cadenas en el corazón.