A la XXX edición del Premio Barco de Vapor presenté una obra que había entusiasmado a todos los que la habían leído. La envié con grandes esperanzas, ilusionada, pues a mí también me entusiasmaba (y aún lo hace), creyendo que realmente tenía posibilidades de ganar, o, al menos, de gustar hasta el punto de que en la editorial me consideraran merecedora de la publicación.
Pequé de ingenua. Mi obra imaginativa y bien trabajada —puntos mejorables a parte, que los tiene— no tenía posibilidad alguna. ¿Por qué? Muy sencillo: yo no me había leído, aún, Calvina, el libro ganador de la edición anterior. Craso error. Cuando al fin lo hice, hace ya algunos meses, comprendí que mi libro no podía ganar después de que Calvina se alzara con el galardón.
No es que ambas obras versaran sobre lo mismo ni se parecieran sus argumentos, pero sí que tenían ciertos puntos coincidentes o, al menos, ciertas ideas y planteamientos que me hicieron rechinar los dientes. Me quedé con ganas de darme cabezazos contra la pared. Estos posibles puntos de coincidencia estaban tratados de un modo radicalmente distinto, originales ambos a su modo (Calvina es un libro muy recomendable para todas las edades). Pero a pesar de ser distintos, estoy segura de que mi obra era papel para reciclar desde el principio por culpa de esto. Tal vez quien la leyera creyó que me había inspirado en la ganadora anterior, y pensó: “¡Qué desfachatez! Se inspira en una obra ya ganadora, y, para colmo, la inmediatamente anterior”. Por eso digo que pequé de ingenua. Me presenté a un concurso sin haber evaluado sus precedentes. De haber leído Calvina antes de remitir mi libro habría comprendido que no era conveniente su envío, ni muchos menos depositar esperanzas en una obra condenada (con razón) a la más absoluta desconsideración por parte de lectores o jurado.
Como moraleja a toda esta historia: intentad leer a los ganadores de ediciones anteriores antes de presentar vuestra obra a un concurso. Es lo mínimo que podemos hacer para saber a qué atenernos y no quedarnos con cara de tontos, lamentando que nuestra obra haya estado perdiendo el tiempo en lugar de estar probando suerte en otro concurso donde quizás tenía más posibilidades.
De nada sirve un buen gancho de derecha si lo asestamos al aire.