lunes, 7 de septiembre de 2009

Estudiar al contrincante

A la XXX edición del Premio Barco de Vapor presenté una obra que había entusiasmado a todos los que la habían leído. La envié con grandes esperanzas, ilusionada, pues a mí también me entusiasmaba (y aún lo hace), creyendo que realmente tenía posibilidades de ganar, o, al menos, de gustar hasta el punto de que en la editorial me consideraran merecedora de la publicación.

Pequé de ingenua. Mi obra imaginativa y bien trabajada —puntos mejorables a parte, que los tiene— no tenía posibilidad alguna. ¿Por qué? Muy sencillo: yo no me había leído, aún, Calvina, el libro ganador de la edición anterior. Craso error. Cuando al fin lo hice, hace ya algunos meses, comprendí que mi libro no podía ganar después de que Calvina se alzara con el galardón.

No es que ambas obras versaran sobre lo mismo ni se parecieran sus argumentos, pero sí que tenían ciertos puntos coincidentes o, al menos, ciertas ideas y planteamientos que me hicieron rechinar los dientes. Me quedé con ganas de darme cabezazos contra la pared. Estos posibles puntos de coincidencia estaban tratados de un modo radicalmente distinto, originales ambos a su modo (Calvina es un libro muy recomendable para todas las edades). Pero a pesar de ser distintos, estoy segura de que mi obra era papel para reciclar desde el principio por culpa de esto. Tal vez quien la leyera creyó que me había inspirado en la ganadora anterior, y pensó: “¡Qué desfachatez! Se inspira en una obra ya ganadora, y, para colmo, la inmediatamente anterior”. Por eso digo que pequé de ingenua. Me presenté a un concurso sin haber evaluado sus precedentes. De haber leído Calvina antes de remitir mi libro habría comprendido que no era conveniente su envío, ni muchos menos depositar esperanzas en una obra condenada (con razón) a la más absoluta desconsideración por parte de lectores o jurado.

Como moraleja a toda esta historia: intentad leer a los ganadores de ediciones anteriores antes de presentar vuestra obra a un concurso. Es lo mínimo que podemos hacer para saber a qué atenernos y no quedarnos con cara de tontos, lamentando que nuestra obra haya estado perdiendo el tiempo en lugar de estar probando suerte en otro concurso donde quizás tenía más posibilidades.

De nada sirve un buen gancho de derecha si lo asestamos al aire.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Educación del Alma Humana

Cuando era pequeña era de esas niñas insoportables que todo lo preguntan. Preguntaba por el color del cielo, por las nubes, por el comportamiento de las personas… en fin, por todas esas cosas que forman parte del MUNDO, y que a veces olvidamos. Preguntar, preguntar, preguntar. No sólo echaba mis interrogantes al aire y punto: también quedaba esperando con muchísima atención la respuesta, y después la rumiaba a la sombra, detenidamente. Esto me otorgó suficiente experiencia como para entender, más temprano que tarde, que las preguntas, muchas veces, molestan. Y no sólo molestan por tener a un pequeño lorito importunando constantemente cuando la película está más interesante, sino porque a las personas les incomoda sentirse ignorantes. No saber la respuesta a la pregunta de un enano de cuatro años pone —y perdonad la expresión— de muy mala leche.

No fue distinto en la etapa escolar. Recuerdo una ocasión, en la guardería (no sé cómo recuerdo eso porque era muy pequeña, pero está grabado ahí, sobre todo la sensación de “noentenderporqué”) en que la cuidadora nos estaba contando el cuento de las judías mágicas. Yo la interrumpí con una pregunta de carácter lógico. Bastante irónico si consideramos que ahora me apasiona la literatura surrelista, pero bueno, así fue. Le pregunté acerca de algo que ocurría en el cuento y carecía de sentido. Su reacción fue muy rara. Me puso de cara a la pared, de rodillas, con los brazos en cruz y con varios libros sobre la palma de cada mano. Ahí me dejó durante un par de horas, mientras continuaba contando cuentos a los niños silenciosos.

Así fui dándome cuenta, con el paso de los cursos, que los profesores no lo sabían todo, y que muchas de mis respuestas estaban —¡gracias!— en los libros. Que los libros no se enfadaban, ni tampoco me hacían llorar ni sentirme pesada, y que tampoco importaba lo que se me ocurriera preguntar: cualquier respuesta podía estar plasmada en ellos, y, si no lo estaba —esto sí que fue una verdadera revelación— me guiaban para elaborar mi propia respuesta. Crecí como persona más en soledad que en compañía.

Porque ahora veo que todo el sistema educativo empieza con el famoso: “¿Qué quieres ser de mayor?” (yo respondía arquitecto) y acaba con: “¿Qué carrera vas a elegir cuando acabes selectividad?” (yo respondí químicas), todo con el fin último de “encontrar un buen trabajo”. Luego acabas toda esa parafernalia, te encuentras en un puesto de trabajo que también tiene un fin último que te toca más bien de lejos, y te sigues preguntando muchas, muchas cosas. Creo que todas las personas se pueden clasificar en dos tipos: las que se hacen preguntas y las que te castigan con los brazos en cruz.

Me enseñaron muchas cosas, pero nadie me enseñó a educarme de verdad, por dentro. A educar mi conciencia y mi espíritu. Sólo los libros ayudaron a ello. Educar el alma humana es un camino verdaderamente solitario.

lunes, 31 de agosto de 2009

Vuelta al cole

Se acabaron las lecturas de verano (en mi caso la Constitución y otras joyas de la Ley española) y empezarán las lecturas más serias, más profundas (en mi caso la Constitución y otras joyas de la Ley española). Espero que a partir de mañana, que ya es 1 de septiembre, empiece el curso escolar de este blog con energías renovadas y pendiente ya de un hito que marcó su comienzo: los premios de la fundación SM.

Seguramente, muchos de vosotros estáis ultimando los detalles para el envío. Es un momento emocionante: imprimir los originales, encuadernarlos, revisarlos, envolverlos, ir a la oficina de correos… es un ritual que para mí siempre ha estado lleno de supersticiones vanas, pero que me alegraban el día. Cosas del estilo a: “Si el paquete pesa más de 720 gramos es que voy a ganar el premio”, y absurdeces semejantes a esta una tras otra.

Así pues, mucha suerte a todos vosotros, y contad la experiencia cuando ya hayáis pasado el momento tenso de mandar vuestra obra a probar suerte y a campar por el mundo.

Vuelve el curso escolar.

Un saludo,

miércoles, 12 de agosto de 2009

Personas, personajes y personajillos

Debo de ser muy poco avispada, pero me ha llevado años darme cuenta de una máxima de la literatura: de poco sirve un argumento magistral si luego no sabemos llevarlo al papel. A mí me ha sucedido en infinidad de ocasiones; se me ocurre una gran idea, o creo que es una gran idea, y me ilusiono. Después comienzo a escribirla, y a medida que avanzan las páginas me doy cuenta de que cada vez me va gustando menos, que el entusiasmo va decayendo lentamente… hasta que la gran idea acaba en la basura, o en la papelera de reciclaje del ordenador, y si te he visto no me acuerdo. Seguramente, mi gran idea sí era una gran idea, pero eso, según me ha quedado demostrado, no es suficiente.

Del mismo modo, hay otras historias más sencillas, que no parten de argumentos magistrales y que, sin embargo, al final logran engancharnos y envolvernos como una tela de araña. Muchas veces nos van atrapando sin que apenas nos demos cuenta… precisamente porque no destacan por los grandes golpes de efecto. Tienen un algo. La cuestión es: ¿cuál es ese algo?

Si el tema de la novela es relativamente secundario (ojo, digo relativamente, no es una afirmación categórica)… La conclusión a la que he llegado por mi cuenta, y que no tiene por qué ser cierta, es que ese algo es, esencialmente, el personaje. Se puede hablar de otros aspectos de cimentación del relato, como el vocabulario o la construcción de las frases, el tono, el ritmo, la dosificación de la información… en fin, muchos aspectos importantes… Evidentemente, lo deseable sería que fuéramos unos grandes maestros de la narración y lográramos equilibrarlos todos, aplicarlos y combinarlos en su justa medida… Pero suponiendo que eso no es posible, tendremos que centrarnos en el personaje, pues es el que sostiene toda la estructura y es por él por quien existe nuestra historia.

Si nuestros personajes son veraces, nuestra historia será veraz. Si nuestros personajes despiertan pasiones, emociones o incluso sentimientos, también lo hará nuestra historia. ¿Nunca habéis odiado a un personaje con todas vuestras fuerzas? ¿No le habéis temido tanto que sólo intuir que iba a aparecer en la siguiente página os habéis echado a temblar? ¿O habéis sonreído ante sus ocurrencias? El personaje debe ser creíble, y para ello debe evolucionar hacia persona y no degenerar en personajillo. Recomiendo releer novelas cuyos personajes nos impactaron por algo, y estudiar con detalle qué es ese algo. ¿Por qué funciona el personaje? ¿Qué peculiaridades tiene que le hacen creíble? ¿Qué similitudes tiene con el modo de comportarse y de sentir de un ser humano? Esto puede ser muy útil. Seguramente, descubriremos que tiene defectos y virtudes (es demasiado tozudo, pero tiene un don especial para tratar con niños), que tiene manías (no puede soportar el olor a suavizante), que tiene costumbres (todas las mañanas desayuna un melocotón, traído de donde sea, en cualquier época del año), que tiene gustos peculiares (le encantan las mujeres con vestidos de flores pero, eso sí, siempre por debajo de la rodilla). En fin, detalles. Pequeñas guindillas sobre el pastel de vuestra historia.

Como todo lo que nos rodea. Mirad a vuestro alrededor, a quienquiera que tengáis cerca… ¿Cuántas cosas como las que yo he dicho del hipotético personaje podríais decir de ellos?