Sé que muchos de vosotros no tenéis demasiado tiempo para haceros notar por aquí, ni para dar vuestra palabra a torcer. Pero aún así, creo que seguís leyendo lo que se habla en el blog. Así pues, aquí estoy de nuevo, para todo el que me quiera leer, si es que vuestras obligaciones veraniegas os lo permiten.
El verano es mala época para la inspiración y, por tanto, para el arte. Se puede argumentar que el artista lo es en cualquier espacio, tiempo, circunstancia o clima, y que pocos elementos del entorno alteran el aleteo de las musas. No es así. Desafortunadamente el ser humano está inmerso en un todo que le influye por los cuatro costados. No sé en vuestras ciudades, pero aquí se respira un aire caliente y amodorrado, y yo tengo siempre los ojos irritados, el cuerpo con ganas de dormir y el cerebro, directamente, dormido. Aunque todo esto también es culpa de la terrible humedad de Mallorca, que probablemente no padezcáis.
Y sin embargo, muchos premios cierran sus convocatorias poco tiempo después de acabar el verano… Mientras las musas duermen los concursos despiertan, las editoriales vuelven a la rutina del otoño y renacen nuestras esperanzas de convertirnos en ganador. Yo tengo claro que me resulta del todo imposible presentarme este año a ninguno de esos concursos de florecimiento otoñal. Así pues, he marcado una estrategia: enviar a todo concurso la obra escrita el año anterior, y enviar la escrita este año al concurso del año que viene.
Así reposará, la leeré con otros ojos menos precipitados y suicidas, y quizá, algún día, alcance algo bello. Como si el verano no hubiera ocurrido nunca. Como si las musas no estuvieran tumbadas en la arena, aletargadas, rezumando sudor por los poros de la inspiración.
El verano es mala época para la inspiración y, por tanto, para el arte. Se puede argumentar que el artista lo es en cualquier espacio, tiempo, circunstancia o clima, y que pocos elementos del entorno alteran el aleteo de las musas. No es así. Desafortunadamente el ser humano está inmerso en un todo que le influye por los cuatro costados. No sé en vuestras ciudades, pero aquí se respira un aire caliente y amodorrado, y yo tengo siempre los ojos irritados, el cuerpo con ganas de dormir y el cerebro, directamente, dormido. Aunque todo esto también es culpa de la terrible humedad de Mallorca, que probablemente no padezcáis.
Y sin embargo, muchos premios cierran sus convocatorias poco tiempo después de acabar el verano… Mientras las musas duermen los concursos despiertan, las editoriales vuelven a la rutina del otoño y renacen nuestras esperanzas de convertirnos en ganador. Yo tengo claro que me resulta del todo imposible presentarme este año a ninguno de esos concursos de florecimiento otoñal. Así pues, he marcado una estrategia: enviar a todo concurso la obra escrita el año anterior, y enviar la escrita este año al concurso del año que viene.
Así reposará, la leeré con otros ojos menos precipitados y suicidas, y quizá, algún día, alcance algo bello. Como si el verano no hubiera ocurrido nunca. Como si las musas no estuvieran tumbadas en la arena, aletargadas, rezumando sudor por los poros de la inspiración.
